Beata Mercedes de Jesús Molina
Infancia Mercedes de Jesús Molina
Nació el 20 de febrero de 1828 en la hacienda El Guayabo, Baba, provincia de Los Ríos, Ecuador. Fue la menor de cuatro hermanos del matrimonio formado por Miguel Molina y Rosa Ayala, una familia aristocrática, dedicada al cultivo de cacao. A los dos años quedó huérfana de padre, y, a los doce, perdió a su madre, experiencias que marcaron su infancia. Su madre, mujer de profunda fe, le transmitió firmes valores cristianos. Recibió educación en casa, aprendiendo a leer, escribir y realizar labores domésticas como cocina y costura. Se destacó en la música, tocando el piano y cantando con una voz primorosa. Su infancia, aunque acomodada en lo material, estuvo marcada por la soledad y el sufrimiento, que sembraron en su corazón una semilla de compasión y fe, la cual florecería más tarde en su vocación.
Juventud y Formación
Tras la muerte de su madre, Mercedes se trasladó a Guayaquil bajo el cuidado de una tía materna y luego de su hermana, donde llevó una vida social activa, disfrutando de la elegancia y el lujo con modestia propia de su posición. Un accidente a caballo, que le fracturó un brazo, cambió su rumbo: postrada en cama, al contemplar un crucifijo, sintió un llamado profundo a entregarse a Jesús, prometiendo vestir el hábito de Nuestra Señora de la Merced. Además, leía con devoción y admiración la vida de santa Mariana de Jesús. Al recuperarse, practicó el ayuno y la mortificación. Aunque deseó ser beata profesa, su confesor la apartó de este deseo, y retomó la vida social, aceptando incluso una propuesta de matrimonio. Sin embargo, una intuición divina la llevó a romper el compromiso y hacer un Voto de Castidad, eligiendo amar solo a Dios. Buscando soledad, se retiró a una habitación apartada en casa de su hermana María, dedicándose a la oración de unión, un paso crucial hacia su desprendimiento total y su futura misión
Una vida transformada por Cristo
En 1867, en la Iglesia de San José, Mercedes renovó los votos de pobreza, castidad y obediencia. Renunció a la riqueza, las joyas y la vida social para servir en la casa de las Recogidas, en Guayaquil, un hogar para niñas huérfanas. Como directora, fue educadora, cuidadora y enfermera. Enseñaba a leer, escribir y realizar trabajos manuales, brindándoles amor maternal en medio de grandes precariedades, incluso pidiendo limosna para sostenerlas. Una vida transformada por Cristo Su vida de oración era intensa: se levantaba a las 3:00 a.m., dedicaba largos momentos a la oración, asistía a misa diaria y practicaba rigurosas mortificaciones, llegó a grabarse en el pecho el sello de la Compañía de Jesús (JHS), como símbolo de obediencia a Cristo. 6En una de sus experiencias de oración, se vio en un hermoso jardín compuesto por una infinidad de rosas. Entre ellas destacaba una rosa grande y de singular hermosura. Allí, el Señor le dio a comprender que quería servirse de ella para fundar un nuevo instituto religioso, mediante el cual cooperaría a la salvación de las almas. Vendió su casa y hacienda, y en un acto de radical obediencia, dejó a su familia sin despedirse para instalarse en un humilde gallinero dentro del hogar de huérfanas. Tras sufrir una parálisis, hace un promesa a Dios que, si Él la sana, ella abandonaría todo para seguir su llamado misionero, manifestando así su total entrega a la voluntad de Dios y su amor por los más necesitados.
Misionera en Gualaquiza
E l 5 de junio de 1870, Mercedes partió hacia Gualaquiza, en la Amazonía ecuatoriana, acompañada con dos jóvenes del orfanato: Mercedes Cepeda y Teodora Rivera. Iban a colaborar en la labor misionera de su director espiritual, el padre Domingo García, jesuita encargado de fundar la misión para acompañar y evangelizar al pueblo shuar (jíbaros). El viaje, que se prolongó por más de un mes, fue una verdadera odisea de fe. El frío, los ríos caudalosos y las inclemencias de la selva pusieron a prueba su fortaleza y confianza en Dios. Viviendo en una choza rústica, se ganó la confianza de los nativos con respeto, amor y misericordia, se desempeñó como catequista y enfermera. Durante una epidemia de viruela, cuidó a los enfermos shuar sin temor al contagio, improvisando un pequeño centro hospitalario. En medio de la tragedia enfrentó amenazas de muerte: los shuar la culparon del mal, incluso codiciaron su cabello como trofeo, pero ella siguió abandonada en la Divina Providencia. En medio de aquella experiencia, vivida como un verdadero noviciado espiritual, comenzó a escribir el primer borrador de las Constituciones de su futuro Instituto. Allí, en el silencio de la selva, fue madurando el sueño de una obra misionera destinada a acoger y sanar. “Por tantos cuantos corazones afligidos en el mundo los hay”
Creación Beaterio y orfanato en Cuenca
Por disposición de Mons. Remigio Toral, Mercedes dejó la misión de Gualaquiza y se estableció en Cuenca para para fundar un beaterio y asumir la atención del naciente orfanato. Fue una etapa breve, pero profundamente significativa. Eran tiempos difíciles para el Ecuador: la pobreza, la inestabilidad y las heridas sociales marcaban la vida del pueblo. En medio de esta realidad, Mercedes se convirtió en presencia viva del amor de Dios: acogía, consolaba y levantaba a quienes llegaban a ella. Su labor, tanto en la atención a las niñas huérfanas como en el acompañamiento espiritual 10de quienes acudían a ella, consolidó su fama como verdadera madre espiritual, fiel a su lema de vida: “Ser amor misericordioso donde hay dolor humano.” Un episodio marcó esta etapa. Una mujer, que había escapado de un militar que la mantenía cautiva, encontró refugio junto a Mercedes, quien la protegió con valentía. Sin embargo, el agresor regresó con deseos de venganza. Una madrugada, mientras Mercedes se dirigía a la iglesia acompañada por una niña, el hombre salió de un callejón e intentó atacarla con un cuchillo. De manera inexplicable, quedó su brazo paralizado, sin poder ejecutar su acción. En 1872, al ser trasladado a Riobamba el padre Domingo García, también Mercedes dejó Cuenca. Fiel a su camino de obediencia, confió a las Hijas de la Caridad el cuidado de las niñas huérfanas, cerrando esta etapa con la misma entrega con la que la había iniciado.
Fundación y expansión del Instituto Mariana de Jesús en Riobamba
E l 14 de abril de 1873 se realizó la fundación del Instituto “Mariana de Jesús”, en la ciudad de Riobamba. Ante Mons. José Ignacio Ordóñez, Mercedes de Jesús Molina y sus primeras compañeras: Ángela de Jesús, Virginia de la Cruz y Mercedes del Espíritu Santo, pronunciaron los votos de pobreza, castidad y obediencia, consagrando sus vidas totalmente a Dios y al servicio de los más abandonados. Como primera superiora, Madre Mercedes contempló con profunda gratitud el cumplimiento de la visión del “rosal místico”, signo de una obra llamada a crecer y extenderse. Pronto, numerosas jóvenes se sintieron atraídas por este ideal y solicitaron ingresar como postulantes. Al mismo tiempo, varias niñas huérfanas fueron acogidas con confianza en la caridad de la naciente comunidad. Así nacieron el orfanato y la escuela, donde Madre Mercedes enseñaba a leer, escribir y realizar trabajos manuales. Su pedagogía, marcada por la ternura, tenía una especial predilección por las más pequeñas, a quienes formaba con delicadeza, sembrando dignidad, fe y esperanza. Esta obra, nacida en la sencillez, se convertiría con el tiempo en semilla de una amplia misión educativa, que se expandiría por los cinco continentes. Madre Mercedes ejerció el servicio de superiora durante casi tres años. En 1876, movida por una profunda humildad, pidió que se designara a su sucesora: la joven Madre María del Corazón de Jesús. Al animarla a aceptar, le dijo con sencillez: “Hija mía, acepte el cargo, Dios lo quiere; yo seré su brazo derecho.” Desde entonces, se dedicó a las tareas más sencillas de la comunidad. Con el mismo amor con el que formaba a las novicias, realizaba trabajos humildes como empedrar los patios o lavar la ropa, mostrando que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio.
Últimos Años muerte
Mercedes de Jesús Molina falleció el 12 de junio de 1883, con apenas 55 años, a causa de una pulmonía. Su muerte fue el último gesto de obediencia radical: aunque intuía que los tratamientos no le devolverían la salud, los aceptó con docilidad, acogiendo la voluntad de Dios manifestada a través de sus superiores. Durante doce días soportó la enfermedad con fiebre intensa, sin quejarse, ofreciendo su sufrimiento con serenidad y amor. Llevaba al cuello su rosario con un pequeño crucifijo, y conservaba consigo una diminuta imagen de la Virgen. En sus últimos momentos, pidió que ambas imágenes fueran unidas, deseando tener entre sus manos, a Jesús y a María.
En el silencio de su agonía repetía constantemente su jaculatoria: “Jesús mío, te amo; Esposo mío, ya sabes cuánto te amo; te deseo, te suspiro… ven pronto, amor mío.” En aquellos días, el padre Pedro Clam, redentorista, le preguntó con preocupación por el futuro de la Congregación, que parecía frágil e incierta. Con profunda certeza, ella respondió: “Padre, esta Congregación ha de extenderse mucho, porque era muy grande el rosal que el Señor me mostró… No se extinguirá, porque esta fundación no es obra de los hombres, sino de Dios”. Así, su existencia, marcada por la entrega total, quedó sellada por una muerte vivida en el amor, la obediencia y la esperanza.
Beatificación:
La Beatificación de Madre Mercedes de Jesús Molina, celebrada el 1 de febrero de 1985 en Guayaquil, Ecuador, constituye un hito espiritual y cultural para los Ecuatorianos. Reconocida por su entrega a los más pobres, su vida de fe y su incansable labor en favor de la niñez y la mujer, Madre Mercedes se convirtió en la primera ecuatoriana elevada a los altares. Este acontecimiento no solo honra su memoria, sino que también inspira a las generaciones presentes y futuras a vivir con amor, servicio y profunda confianza en Dios.









