Una mirada de esperanza

1.2.  UNA MIRADA DE ESPERANZA

 

La buscadora de Dios sigue su senda. El amanecer de cada día está cargado de esperanza, la percibe pero todavía no sabe descifrarla. En este momento, Mercedes todavía no experimenta el primer golpe de la gracia, el Toque Místico. Un nuevo horizonte se vislumbra en sus sueños juveniles. Deja el hogar de su tía Rosalía de Olmos y pasa a vivir con su hermana María, quien se radica en Guayaquil. Disfruta de las vanidades propias de su adolescencia.

 

Una joven especial: de profunda fe, cálida en su  comunicación con su familia y entorno social. “Veraz hasta el sacrificio, franca sin grosería. Rasgos  distinguidos y admirables que reflejan un feminismo incontaminado”[1]. Pero su mirada desborda los atractivos banales, su esperanza devela indiferencia a todo lo que está al margen de Jesús. La gracia le preserva de caer en la tentación. “Nunca perdió la inocencia bautismal”, afirma, el Padre García, S. J. su acompañante espiritual de algunos años. Carta escrita en 1885, comenta su biógrafo, el Padre Fajardo”[2].

 

Varios sucesos sitúan su porvenir. Mercedes, abierta a Dios y a la realidad histórica. Su corazón late fuerte al ritmo de su oración, por la inestabilidad de la vida política nacional. Mujer de su época vive inmersa en el acontecer diario de su pueblo.

 

Su porvenir sombrío, la noche de su espíritu. “Su corazón está inquieto hasta que no descanse en Dios”[3]. Por eso, tanto en la soledad como en el bullicio sentía interiormente, la voz sutil del Maestro. Tenía la sensación que Cristo la espera pero con imprecisión. Mercedes espera. Su mirada escudriñadora trasciende los acontecimientos.

 

Los incidentes se solidifican con la intuición que roza la realidad, nada de espejismo en el recorrido de Mercedes. Este hecho lo evidencia más. Su sana diversión, la equitación. “Un día se preparó un paseo a caballo en unión con su hermana María: cayó del caballo Mercedes y se rompió el brazo. Hallándose en cama por la rotura del brazo hizo promesa de vestir el hábito de nuestra Sra. De Mercedes y tan luego que mejoró; cumplió con su promesa: no tuvo tiempo determinado sino que quiso usarlo hasta cuando fuese la voluntad de Dios. Desde entonces comenzó a ejercitarse en la mortificación; ayunaba los miércoles, viernes y sábado de cada semana, guardaba abstinencia. Este tenor de vida siguió más de ocho años”[4].

 

En el silencio, la brisa suave del Espíritu Santo le acaricia con sutileza admirable. Sus devociones se hacen oración contemplativa y renace del corazón el amor ardiente a la Madre de Dios. Desea con ardor, ser beata profesa del hábito de la Virgen de las Mercedes que lo traía durante ocho años pero no le permite su confesor”[5]. Ella obedece pero su corazón queda herido de amor a María Virgen. Una flor matizada de esperanza que se abre entre las manos de la más tierna de las Madres.

 



[1] VASQUEZ Y ALMAZAN HUGO, 36.

[2] FAJARDO ELIECER, 29.

[3] SAN AGUSTIN, Libro de Confesiones, I.11, Plaza de Edición, Madrid 2006.

[4] A2, 2, 64.

[5]HARO V. LUZMILA, 30.